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Cartagena, y el día en el que empecé a creer en la magia.

'...quise dar un grito pa' desahogar, entonces me puse fue a meditar, que uno viene al mundo es pa' sufrir...🎶🎶'

Península de Barú - Archivo personal
Península de Barú - Archivo personal

Cartagena de Indias: de murallas, de piratas, de cañones y de playas; de oro, abundancia, patrimonio e historia y, por si fuera poco, de casi 500 años de existencia.


Sin haberlas conocido todas (ya quisiera yo), me atrevo a decir que es la ciudad más hermosa que hay acá en Colombia. No sé si se deba a que, después de todo soy una romántica enamorada de la historia. Estar allí me hizo sentir de algún modo u otro el peso de casi medio milenio que se carga consigo. O quizá, simplemente, es porque no hay manera de discutir tal afirmación.


Es bien sabido que Cartagena es conocida como una tacita de plata, una consentida porque alberga una historia memorable que nadie podrá borrar. Su centro histórico es patrimonio nacional e internacional ante la Unesco, lo que la hace acreedora de una importancia prominente cuando de historia se trata. Aun así, La Heroica, como también se le conoce, está marcada por una resiliencia que se respira en el ambiente, pues fue testigo de ataques piratas y bastantes conflictos bélicos. De ahí el por qué de sus murallas y su arquitectura. Esta ciudad es un gran recordatorio de lo que significa la conquista, que en este caso trajo procesos de imposición, desplazamientos y demás. Aunque hoy sus calles vibren de color y vida, no se puede olvidar lo que allí pasó.


Con la llegada de los españoles, Cartagena se convirtió en uno de los puertos más importantes de América. La corona española se abastecía en demasía de las riquezas que pertenecían a las comunidades indígenas que para entonces habitaban el territorio. Sabiendo algo de estos sucesos y por los comentarios que las personas hacen al respecto de sus visitas allí, tomé la decisión de conocerla por mi misma.



Más allá de la muralla


Mi estadía en Cartagena fue de tres días. Me quedó faltando, casi siempre sucede, pero espero volver algún día. Desde Rionegro, me dirigí con mi mamá y hermana a el Aeropuerto José María Córdova, debido a que siempre toca hacer escala en Bogotá, pero antes del medio día ya estábamos pisando suelo caribeño. Nos hospedamos en Marbella. Elegimos esta playa casi por azar, pues compramos unos paquetes que resultaban más económicos y además la gran ventaja es que no está tan lejos del Aeropuerto Rafael Nuñez. El hotel quedaba al frente de la playa y en la zona hay restaurantes, supermercados, farmacias, etc. Si bien no es la playa más hermosa estéticamente hablando, sí es bastante tranquila. El solo estar allá fue para mí una ganancia, era Cartagena después de todo. Desde que llegamos, sentí un descanso por haberlo hecho, de por fin descubrir qué tenía esta ciudad para ofrecerme.


Antes de contar lo que fue mi primer noche allí, me gustaría mencionar que el hotel aunque no era cinco estrellas, tenía puntos a favor que hicieron de la estadía una buena alternativa. Contaba con piscina, jacuzzi en la terraza y bar donde se podían adquirir también jugos muy deliciosos. La terraza y las habitaciones contaban con una excelente vista al mar, lo que podía conectarnos de inmediato con la calma de las olas.


Hotel Aixo - Archivo personal
Hotel Aixo - Archivo personal

Noches de verano



No había tiempo que perder. Ya habiendo pasado las primeras horas bajo techo, era momento de darle una mirada a una Cartagena nocturna. Rentamos un carro con camino al Centro histórico, que estaba como a 10 o 15 minutos del hotel. Fui toda oídos con las historias del conductor sobre la transformación de la ciudad, y de cómo lo que hoy es asfalto fue mar un día. La fila de carros para entrar allí era desorbitante, me sorprendió que para ser mayo, un mes de temporada baja hubiera tal congestión.


Nos dirigimos al barrio Getsemaní, un sector donde los opuestos se miran a los ojos en sus estrechas calles. Me atrevo a decir sin titubear que eran más los extranjeros que los cartageneros los que allí se veían. Eso me hizo entender que es de los lugares más visitados y donde hay una de las mayores concentraciones de comercio. Merodeando por estos lados, nos encontramos con una vida nocturna muy viva, y con las señoras palenqueras representando la que no sé sí sea su libertad, pero sí su compromiso de estar allí, simbolizando quizá la que sigue siendo una lucha casi infinita.



Por causa de la mareta


Mi respeto profundo y hasta quizás exagerado al mar, no me impide admirar una hermosa playa o sentir el canto en sus aguas para relajarme.


Adquirimos un tour para llegar a La Península de Barú. El trayecto estuvo cargado de historia por parte del guía, quien todo el tiempo nos explicaba los acontecimientos que se han dado en los diferentes lugares por los que pasábamos.


Atravesamos Bocagrande y pasamos por lugares en donde Will Smith grabó Gemini Man. Conocimos El Puente Román y así como el guía nos instruía en las locaciones, también nos advertía de no recibir ningún afrodisiaco 'rompe colchón' en Barú o algún tipo de artículo que fuera 'gratis' porque muy probablemente nos cobrarían una gran suma por lo que sea.


Lo que más me gustó del recorrido fue pasar por el puente Campo Elías Terán, no solo porque me gané un arepa de huevo con un Hit de mango por estar atenta a la lecciones del guía, sino también porque debajo de este, se encuentra un 'brazo del río Magdalena' en donde se asentó el primer pueblo indígena de la zona: Bahaire.


Por fin, desde donde nos dejó el bus para abrazar literalmente un árbol, caminamos alrededor de unos 15 minutos por una zona bastante árida y algo desolada para llegar a lo que sería un paraíso tropical. Atravesamos por último un callejón bastante estrecho con pantano por doquier. Fue una grata sorpresa salir de ahí y toparme con un color turquesa profundo que casi me encandelilló.



Ocaso


Iba terminándose nuestro tiempo de ocio, pronto caería nuestro hechizo y volveríamos a Antioquia a nuestras rutinas. Antes de pasar un último día en el Caribe, nos decidimos por comprar la idea de lo emocionante que sería recorrer la ciudad en una chiva rumbera durante la noche. Esta experiencia, más allá del folclore que esperábamos, nos dejó un sin sabor en nuestra estadía porque nadie asistió. Sí, estuvimos montadas en ella, había música, luces pero nadie más que nosotras tres y el conductor quien daba vueltas en círculos como para justificar lo que pagamos por ella. Transcurrió casi una hora y como solución nos trasladaron a una chiva que sí tenía el propósito de animar a la gente. Pasamos allí porque no había mucho por hacer y pues al menos en ella pudimos hacer parte del propósito de dicho evento.


Yo having fun - Archivo personal
Yo having fun - Archivo personal

De noche, todos los gatos son pardos dice mi mamá al ver parte de la decadencia desde la altura del vehículo en La Romántica de América. No hay que hacerse el de la vista gorda, omitiendo la cara oscura de la ciudad. No importa si es de las ciudades más turísticas del país con una riqueza cultural sin igual. Entendimos que hay quienes también deben batallar una vida más allá del turismo y de la belleza. Ver las calles de la ciudad a altas horas de la noche permite dimensionar de otra manera el cómo otras personas sobreviven tratando de que también la muralla les ampare.

 
 
 
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